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lunes, 10 de septiembre de 2012

Todo es un episodio en la vida de una relación

La reciente publicación del modelo conceptual de la Comisión Española de Normas de Descripción Archivística (CNEDA) y del borrador del Esquema de Metadatos de Interoperabilidad del Esquema Nacional de Interoperabilidad (e-EMGDE), ambos con un fuerte enfoque multi-entidad y relacional, hacen pensar que algo se está desplazando en nuestra profesión: del objeto al concepto, de la mismidad a la relación. Hace algunos años, el maestro Chris Hurley dejó bien establecido que todo es un episodio en la vida de una función. Ahora parece llegado el momento de avanzar algo más y afirmar que todo es un episodio en la vida de una relación. Esta percepción ya se ha convertido en algo habitual en otras profesiones de la información, como la Biblioteconomía (pensemos en los modelos conceptuales FRBR, FRAD o FRSAD) o la Museología (pensemos en el modelo conceptual del CIDOC), y el hecho de que la web semántica parezca estar renovándose en ámbitos externos al académico (pensemos por ejemplo en la Norma Técnica de Interoperabilidad de Reutilización de Recursos de Información) nos obliga a explorar, en el presente post, la aseveración que le da título.

El propio Hurley ya ha tratado el asunto de las relaciones en alguno de sus textos, particularmente en Relationships in Records, que por motivos de espacio no podemos examinar con detalle aquí. Sin embargo, es en este escrito, que compendia una buena parte de su pensamiento, donde el autor generaliza la anterior aserción y establece, como regla primaria, el principio de que “todo es un episodio en la vida de alguna otra cosa”. Este principio no deja de ser una extensión del principio acerca de la naturaleza transaccional y contextual de los documentos de archivo. Básicamente, si los documentos de archivo son reflejo de transacciones y si para comprenderlos es preciso comprender su contexto, entonces un documento de archivo es un episodio en la vida de una transacción, una transacción es un episodio en la vida de un agente, éste lo es en la vida de un documento, hasta el infinito.

Evidentemente, el hecho de que todo sea un episodio en la vida de alguna otra cosa significa que cualquier cosa entra en relación con otra en un determinado momento, que, como asevera Sue McKemmish, puede durar un nanosegundo o puede durar milenios. La cuestión de la duración es irrelevante; lo que realmente importa es que cualquier cosa puede entrar en relación con cualquier otra cosa “en un determinado momento”. Si la disciplina de la gestión de documentos puede identificar y mantener bajo control las cosas que son pertinentes, las relaciones que mantienen entre ellas y en qué momento las mantienen, entonces podemos estar razonablemente seguros de que la naturaleza transaccional y contextual del documento de archivo queda garantizada, es decir, queda garantizado su valor de testimonio de acciones.

Ahora bien, tanto las cosas como las relaciones como los momentos tienden a la extrema proliferación y diferencia, ya sea en entornos físicos, ya sea en entornos digitales, de modo que, como de manera afortunada nos indicara un colega en conversación off the record, puede darse el caso de que el archivero no se dedique a la gestión del conocimiento, sino más bien a la gestión del desconocimiento. No se trata, claro está, de una deficiencia, sino de una propiedad de nuestra profesión a la que debemos dar una respuesta técnica adecuada. Por ello cabe la posibilidad de invertir los términos y, en lugar de afirmar que todo es un episodio en la vida de alguna otra cosa, afirmar que todo es un episodio en la vida de una relación. Esta aserción daría como resultado dos reglas primarias, a las que tentativamente podemos denominar el principio de desplazamiento (ninguna relación dura para siempre) y el principio de multi-conectividad (todo se relaciona con todo de manera episódica).

Estas dos reglas primarias permiten que las cosas queden descargadas del peso de la información –si se prefiere, del peso de los metadatos de gestión de documentos- y la mayor parte de la información quede fiada a las relaciones. Tal aserción, no obstante, precisa de dos refinamientos. En primer lugar, es necesaria una tercera regla primaria que ya exploramos en anterior post (La vida independiente de los conceptos). De conformidad con esta tercera regla, a la que también tentativamente podemos llamar el principio de abstracción, resulta más económico y eficaz trabajar en primer lugar con conceptos y posteriormente aplicar esos conceptos a las cosas, precisamente el procedimiento inverso al que ha seguido la disciplina archivística tradicionalmente.

Si unimos las tres reglas primarias mencionadas –el principio de desplazamiento, el principio de multi-conectividad y el principio de abstracción-, entonces podemos argumentar que nuestra técnica para garantizar la naturaleza transaccional y contextual de los documentos de archivo, su valor de testimonio, consiste en establecer de manera constante relaciones entre conceptos en momentos determinados. Dando un paso más allá, todo lo que se necesitaría, a simple vista, para gestionar documentos, serían identificadores únicos para conceptos y relaciones, y elementos de metadatos para las relaciones. Quizá con un ejemplo podamos explicarlo mejor:

Dentro de nuestra tradición, si encontramos en un archivo una carta real producida por Felipe II en 1560, es probable que la describamos en un solo registro, indicando como atributos de la carta al productor “Felipe II” y la fecha “1560”. Sin embargo, podemos considerar que el primer atributo no es tal cosa, sino una entidad independiente, de tal modo que el hecho de que Felipe II produjera la carta puede expresarse como una relación: “Felipe II produjo la carta real X en 1560”. En este caso, tenemos aparentemente dos cosas, “Felipe II” y “carta real”, y un atributo para la segunda de ellas, “1560”. En realidad, tenemos una tercera cosa, la relación “produjo/fue producida”. Esta relación ya constituye por sí misma, no un objeto, sino un concepto, puesto que es una abstracción que puede aplicarse a infinitas situaciones reales. Pero otro tanto sucedería si en lugar de tratar las cosas “Felipe II” y “carta real” como tales cosas las tratáramos como conceptos, como abstracciones: un solo concepto “Felipe II” se relacionaría hasta el infinito con el concepto “cartas reales”, lo cual es mucho más económico que relacionar cada “Felipe II” con cada “carta real”.

En este caso, el atributo “1560” dejaría de ser, obviamente, un atributo del concepto “cartas reales” y podría considerarse un atributo de la relación “produjo/fue producida”: “el concepto Felipe II mantuvo una relación de producción (en 1560) con el concepto cartas reales”. Pero también podríamos pensar en otros términos: el hecho de que cada concepto relación precise de una fecha puede considerarse redundante, y quizá el atributo “1560” también pueda trasladarse al más económico mundo de los conceptos. Por esta vía, todos los conceptos “cartas reales” entrarían en relación de producción (o de cualquier otro tipo) con los conceptos de sus respectivos productores y con los conceptos de sus fechas de producción: “el concepto Felipe II mantiene una relación de producción con el concepto cartas reales” y “el concepto cartas reales mantiene una relación de fecha de producción con el concepto 1560”. Como podemos observar, ambos enunciados son poco explicativos en condiciones de aislamiento, de modo que también deberían ponerse en relación: <>.

La primera conclusión que podemos extraer del ejemplo precedente es que el uso de términos del lenguaje natural (Felipe II, produjo/es producido, relación de conjunción, cartas reales, 1560) para expresar relaciones entre conceptos resulta confuso. Sin embargo, esta confusión puede eliminarse si en su lugar se utilizan identificadores no naturales que estén por tales términos del lenguaje natural (AG001 para el agente Felipe II o RE005 para la relación produjo/es producido). No obstante, y a modo de segunda conclusión, si el mundo de las relaciones es infinito y los entornos en los que nos desenvolvemos son cada vez más globales, tal y como alguna vez hemos aseverado, entonces es conveniente disponer de una gramática formalizada de uso general para gestionar este modelo concepto-relación-momento. El uso de identificadores DOI o de URNs, URIs, URLs, por ejemplo, resultaría más eficaz, en la medida en que también resulta más uniforme.

Sin embargo, si nos paramos a reflexionar un instante, en la disciplina archivística no precisamos reinventar una rueda que ya existe: RDF (Resource Description Framework) ha sido utilizado como lenguaje de referencia en notables proyectos como Clever Recordkeeping Metadata o SPIRT (Recordkeeping Metadata Standard). A fin de cuentas, la finalidad de RDF consiste precisamente en predicar objetos de sujetos mediante tripletas que son relaciones y en formalizar esta red, justo lo que venimos proponiendo en el presente post. RDF, como los archiveros, no gestiona el conocimiento, pero, utilizado de manera adecuada, abre múltiples rutas para que el conocimiento sea encontrado. Y, en cualquier caso, cumple cualquiera de las tres reglas primarias que hemos enunciado: el principio de desplazamiento, el principio de multi-conectividad y el principio de abstracción. ¿Podría tal gramática afrontar de manera satisfactoria los problemas a que se enfrenta el archivero contemporáneo. No lo afirmaremos en este post, pero desde luego es una posibilidad que, en un universo por completo informacional, merece ser posteriormente abordada.

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