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viernes, 27 de julio de 2012

Los tiempos cambian

Entre el 20 y el 24 de agosto, y bajo el lema “Un clima de cambio”, o “Los tiempos cambian en su versión francesa, tendrá lugar en Brisbane el Congreso del Consejo Internacional de Archivos. Con un denso y aún abierto programa, el Congreso se presenta como fundamental: sus ponentes magistrales incluyen a Baltasar Garzón, John McMillan, David Ferriero, Miriam McIntire Nisbet, Michael Carden, y Jennifer Stoddart. Sus presentaciones, demasiadas para mencionarlas todas en tan corto espacio, abarcan desde nuevas perspectivas acerca de la valoración, la organización o la descripción hasta la gestión de documentos digitales, pasando por una “caja de herramientas” para la gobernanza a cargo de PARBICA, el compromisos de los archivos con sus comunidades, la desmitificación del paisaje normativo por parte de las magistrales Barbara Reed y Judith Ellis, o la implantación de los requisitos funcionales del ICA.

A pesar de la riqueza del programa, no obstante, lo que más nos llama la atención es precisamente su lema, o, en sentido estricto, el aparente y ligero desajuste entre los lemas en inglés y en francés: “Un clima de cambio”/”Los tiempos cambian”. Creemos que ese desajuste, de existir, no sólo es aparente, sino que permite complementar dos perspectivas: si hay un clima de cambio en nuestra profesión es precisamente porque los tiempos cambian en la sociedad. A dilucidar esta afirmación dedicamos las siguientes líneas.


Desde luego, por una parte la profesión de archivero está cambiando a un ritmo sorprendente. En el currículum profesional están comenzando a aparecer herramientas como el diseño de flujos de tareas, la gestión del riesgo, el análisis etnográfico, la llamada continuidad digital o la web semántica, que eran impensables hasta hace no muchos años, al menos bajo la forma con la que se estudian y se aplican hoy en día. En cualquier caso, esta redefinición de nuestro trabajo ha resultado en ocasiones traumática, aunque el común de la profesión la reconoce como necesaria, y los esfuerzos de adaptación por parte de la misma más que notables. He aquí el clima de cambio que se respira.

Pero lo habitual es que las profesiones evolucionen de manera fluida a medida que se produce nuevo conocimiento dentro de la disciplina. Pocas veces se respiran climas de cambio que obligan a una alteración rápida y significativa, que es precisamente el caso de la Archivística. Creemos que ello se debe a la profunda inserción de los archivos en las sociedades en las que se inscriben, después de todo pretenden ser reflejo de ellas, y, por tanto, a la dependencia de aquellos de los desplazamientos de éstas. Y nuestra sociedad también está desplazándose a un ritmo también sorprendente.

Resultaría fácil decir que el motivo de este desplazamiento es el desarrollo imparable de las tecnologías de la información y de las comunicaciones y, desde luego, el carácter invasivo de las mismas obliga a todo tipo de cambios, tanto en lo personal como en lo profesional. El hecho de vivir permanentemente conectados y en red ha cambiado incluso nuestro modo de conocer. Sin embargo, con ser una de las causas principales del desplazamiento social, no es la única. A nuestro juicio, podríamos detectar al menos otras tres. En primer lugar, el fenómeno de la globalización, que, cruzado con aquel desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones, no sólo no ha europeizado culturas minoritarias, ha traído a primer frente estas otras culturas y sus muy diferentes modos de archivar. En segundo lugar, la finalización del modelo socio-económico conocido como estado del bienestar, que está modificando, también con la colaboración de las tecnologías de la información y las comunicaciones, nuestros maneras de vivir y, en consecuencia, nuestras maneras de documentar. Por último, y en lo que concierne a los entornos organizativos, el desbaratamiento de las rígidas burocracias weberianas que dieron sustento a una férrea gestión de documentos que, ante unas burocracias cada vez más planas, desacopladas y electrónicas, ha comenzado a debilitarse en beneficio de una “archivística de la precariedad”.


En efecto, tal y como sugerimos al comienzo, en los archivos existe un clima de cambio; pero no se trata de algo casual, sino más bien estructural. Después de todo, los tiempos en los que los archivos viven también cambian: tecnologías más y más aceleradas, descubrimiento de culturas distintas a la pretendidamente omnipresente europea, burocracias distribuidas y digitales, modelos socio-económicos que llegan a su fin… El que los archiveros hayamos sido capaces de detectar este cambio de los tiempos, y el que hayamos sabido afrontarlo, dice mucho acerca de la buena salud de la profesión, y de la camaleónica capacidad de adaptación de la misma.

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