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miércoles, 28 de marzo de 2012

Dónde está la evidencia

Recientemente, Holanda ha anunciado la unificación de su Biblioteca y su Archivo Nacionales en un solo organismo. Nueva Zelanda comenzó este proceso hace algún tiempo, y Canadá lo consolidó hace años. Tiene sentido, puesto que a menudo los organismos nacionales de la memoria desarrollan proyectos de investigación muy similares, cuando no cooperan directamente en los mismos, de tal modo que la unificación proporciona homogeneidad y ahorra costes. Existe, no obstante, otro aspecto que cabe mencionar en este tipo de refundiciones de la memoria. No es novedoso, y se ha estudiado desde hace tiempo, pero merece la pena recordarlo en nuestro contexto. Convencionalmente se asume que los archivos de la burocracia son los lugares privilegiados de la memoria colectiva. Sin embargo, convendría recordar que la evidencia puede encontrarse en otros lugares, los “lugares de memoria” de Pierre Nora, por ejemplo, o los libros de una biblioteca. ¿Por qué los Cuadernos de Wittgenstein o La belleza y el horror de la batalla habrían de contener menos evidencia que un expediente administrativo? ¿Qué es evidencia y para quién lo es? A tratar de dilucidar algunas de estas cuestiones nos aplicamos en el presente post.


Ciertamente, el de evidencia es un concepto espinoso. Autores como Brien Brothman han cuestionado que el archivero deba preocuparse por gestionar la evidencia. El negocio del archivero es gestionar documentos, no evidencia, con independencia de que, posteriormente, los documentos puedan ser utilizados como tal evidencia. Por supuesto, Brothman está en lo cierto; pero conviene tener en cuenta la noción de evidencia como concepto profundamente interdisciplinar e inscrito en narrativas dadas. La evidencia jurídica y la evidencia archivística son diferentes, como lo son la evidencia aportada por los síntomas de un paciente en la consulta de un médico, o la evidencia de los datos científicos. De acuerdo con William Twining, el único punto en común que tienen las distintas disciplinas con respecto a la evidencia es el hecho de que ésta se inscribe en una determinada narrativa, y se obtiene mediante un proceso de inferencia, es decir, del contraste de una hipótesis con ciertos datos. La evidencia archivística vendría dada por la pertenencia del documento a una narrativa (un proceso judicial, pero también, por ejemplo, la redacción de un diario), en la que se utilizan adecuados procesos de creación, gestión y uso de los documentos, a efectos de posteriores verificaciones de hipótesis de trabajo, mediante el contraste de tales hipótesis tanto con los datos que figuran en los documentos, como con los datos que lo circundan y le proporcionan significado.


Pero esto no puede asegurarse sin refinamiento ni discusión, dado que los adecuados procesos de creación, gestión y uso de los documentos están culturalmente determinados. Un diario que hubiera sido escrito sobre servilletas de papel y sin indicación de las fechas de cada entrada sería, después de todo, un diario, y comportaría evidencia archivística acerca de su autor. Un informe forense al que le faltara un trámite preceptivo seguiría siendo un informe forense, y comportaría evidencia archivística. Ninguno de los dos documentos se ha creado, gestionado y utilizado comme il faut. ¿Por qué, pues, se decide que son documentos de archivo, que comportan evidencia archivística? Ante todo, porque la evidencia es asunto de grado: de acuerdo con determinados criterios archivísticos y en un entorno dado, un documento de archivo “imperfecto” es con todo un documento de archivo.


Básicamente, en contraste con la percepción del continuo de los documentos, que discrimina el par evidencia y memoria, somos de la opinión de que la evidencia tiene dos aplicaciones: la evidencia se utiliza a efectos de responsabilidad, pero también a efectos de memoria, de tal manera que la discriminación no se produciría al nivel del par evidencia/memoria, sino, en un subnivel por debajo del nivel de evidencia, entre el par responsabilidad/memoria, siendo la responsabilidad no la noción en torno a la cual gira todo el discurso archivístico, sino una de sus aplicaciones fundamentales. Esto, por supuesto, es una sobresimplificación, pero enriquece notablemente el punto de vista del archivero. Lo que tratamos de indicar es que la evidencia no se aplica sólo al ejercicio de la responsabilidad, sino también al de la memoria, aunque ambos usos se entrelazan: por ejemplo, en un juicio, la memoria de los sucesos, tal como declarada oralmente por los testigos, resulta crucial a efectos de determinar responsabilidades. A la inversa, la responsabilidad de generar memoria puede devenir en actos tan irresponsables como la destrucción de depósitos documentales, en la antigua Yugoslavia.


Probablemente gran parte de los problemas implicados en el concepto de evidencia se derivan del hecho de que no puede considerarse tal concepto sino desde una perspectiva interdisciplinar, y cada disciplina usa el término con diferentes matices. Para la práctica científica de laboratorio los datos son evidencia que corrobora o refuta, o ni una cosa ni la otra, determinada hipótesis de trabajo; para la medicina, una fiebre alta, vómitos y mareos son evidencia de que el paciente padece una cierta enfermedad. En el caso de la hipótesis científica de trabajo, puede que estos datos se recojan en el marco de un experimento más amplio: se están recopilando, con frecuencia diaria, datos desde hace meses, y en diferentes laboratorios, en contacto entre ellos, con el fin de observar similitudes y diferencias para alcanzar conclusiones, para dar significado a los datos recogidos. En el caso del paciente enfermo, puede que su fiebre alta y sus mareos se produzcan en el marco de un elevado número de casos similares, en un ámbito geográfico reducido y en un corto período de tiempo, lo que hace que el médico interprete la evidencia de la enfermedad de este paciente, en relación con la evidencia de la enfermedad de otros pacientes, como la ocurrencia de una epidemia, con significado distinto al de un caso aislado.


En el caso de la evidencia que comporta un documento de archivo, su determinación no depende sólo de que el documento se haya creado, gestionado y utilizado de acuerdo con las reglas del juego. Depende, en muy alta medida, de la capacidad para incorporar en un todo indisoluble los componentes del documento: su contenido, su estructura y, particularmente, su contexto, es decir, el proceso mediante el cual se decidió que merecía la pena inscribir algo sobre un soporte, se llevó a cabo la inscripción, y se conservó ésta bajo determinadas condiciones, que incluyen las circunstancias específicas de creación, gestión y uso; los agentes que intervinieron, qué función desempeñaban cuando intervinieron, bajo qué regulación legal o social intervinieron, y las relaciones variables entre todas estas entidades. Son todos estos componentes, y los vínculos estables de éstos a lo largo del tiempo, los que permiten hablar de documento de archivo, y de la evidencia comportada por el documento de archivo. Sin tales componentes no se pueden pedir responsabilidades, o, mejor, todas las responsabilidades; pero sin tales componentes tampoco se puede ejercer el uso de la memoria.



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