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miércoles, 22 de febrero de 2012

Wonderland

Hace unos días estuve revisitando por casualidad la versión que Tim Burton dirigió de Alicia en el País de las Maravillas. La primera vez que la vi no reparé en ello, pero en un momento dado aparece un documento, el Oráculo, en el que está escrito o, en sentido estricto y muy significativo, dibujado y en movimiento, todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá, sin que los personajes puedan escapar de su destino. No obstante, en determinado momento, Alicia se rebela y decide tomar un camino distinto al que indica el Oráculo. He aquí el segundo aspecto significativo del documento: cuando a la Reina Blanca se le anuncia esta rebelión, lejos de atemorizarse o enfadarse, se alegra, porque, a pesar de lo que aparentemente se expresaba en el Oráculo, Alicia ha hecho precisamente lo que debía hacer. Tercer aspecto significativo.

Se ha escrito mucho acerca del modo en que los documentos interactúan con las personas, el modo en que éstas se encuentran ligadas a ellos, son domesticadas por los mismos, pero, al tiempo, los domestican. A la luz del sugerente Oráculo de la película de Burton, me gustaría revisar brevemente algunas de las obras maestras que en los últimos años han reflexionado acerca de este tema.

Desde luego, con referencia a las interacciones del documento con las personas, no puedo dejar de citar a Eric Ketelaar, que ha tratado de manera magistral este asunto en varios de sus escritos: “Archival temples, archival prisons: Modes of power and protection”, “(Dé)Construire l’archive”, “Empowering Archives: What Society Expects of Archivists?” o “Gestión de registros y poder social” entre otros. No es casual el hecho de que alguno de estos artículos apareciera incluido en el ya clásico doble monográfico que la revista Archival Science dedicara al asunto de las relaciones entre documentos y poder, dirigido, tampoco por casualidad, por Terry Cook y Joan M. Schwartz.

En efecto, el primero de ellos, padre de la macrovaloración, ha dedicado una parte sustancial de su carrera a demostrar que no se pueden valorar los documentos sin conocer el modo en el que éstos interactúan con las sociedades. “Archival Science and Postmodernism: New Formulations for Old Concepts”, “Beyond the Screen: The Records Continuum and Archival Cultural Heritage”, “Fashionable Nonsense or Professional Rebirth: Postmodernism and the Practice of Archives” o “What is Past is Prologue: A History of Archival Ideas Since 1898, and the Future Paradigm Shift” son sólo unos pocos ejemplos dentro de su vasta obra.

Por su parte, Joan M. Schwartz, a partir del documento fotográfico y geográfico, ha revelado significados ocultos, demostrando que tales documentos no son reflejos fieles y precisos de la realidad, sino más bien constructos culturalmente determinados: “‘Having New Eyes’: Spaces of Archives, Landscapes of Power”, “More than ‘competent description of an intractably empty landscape’: A Strategy for Critical Engagement with Historical Photographs”, “Photographs from the edge of Empire”, “’Records of Simple Truth and Precision’: Photography, Archives, and the Illusion of Control” o “’We Make Our Tools and Our Tools Make Us’: Lessons from Photographs for the Practice, Politics, and Poetics of Diplomatics” no son, una vez más, sino una muestra de una carrera profesional dedicada a descubrir lo que no se ve inmediatamente en la fotografía.

En el mismo círculo canadiense, Richard Brown, con sus magistrales “Death of a Renaissance Record-Keeper: The Murder of Tomasso da Tortona in Ferrara, 1385” o “The Value of ‘Narrativity’ in the Appraisal of Historical Documents: Foundation for a Theory of Archival Hermeneutics”, ha contribuido a delinear las mutuas interacciones entre la sociedad y el documento. Como lo ha hecho Brien Brothman en, por ejemplo, “Declining Derrida: Integrity, Tensegrity, and the Preservation of Archives from Deconstruction”, “The Limits of Limits: Derridean Deconstruction and the Archival Institution” o “Orders of Value: Probing the Theoretical Terms of Archival Practice”.

Unas líneas más arriba citaba el clásico monográfico de Archival Science. En realidad, ninguno de sus artículos puede ser pasado por alto: desde los prólogos de Cook y Schwartz hasta los textos de Ketelaar, pasando por Margaret Hedstrom y sus interfaces con el pasado, el sugerente notario de Cortés descrito por James M. O’Toole, la astilla archivística de Verne Harris, el estudio de Ann Laura Stoler acerca de los archivos coloniales, el recorrido de Evelyn Wareham por los exploradores y los evangelistas, las muchas rutas hacia verdades parciales de Elisabeth Kaplan o la percepción de Wendy Duff y Verne Harris de la descripción archivística como una construcción de narrativas y significados, todo parece conducir a la magistral aserción de Ciaran B. Trace incluida en el mismo monográfico: “lo que se registra nunca es simplemente lo que sucedió”.

Una aserción que debería obligarnos a preguntar hasta dónde seríamos capaces de reasignar significados, de renegociar conceptos, de definir otras vías para una profesión que, encuadrada en sociedad, puede ser cualquier cosa menos inocente. Después de todo, nuestro privilegio es habitar un País de las Maravillas en perpetuo movimiento. Dejarlo pasar si sacar partido del mismo sería nuestro mayor error.

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