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viernes, 20 de enero de 2012

La vida independiente de los conceptos

Durante muchos años de teoría y práctica, los profesionales de la información en diferentes ámbitos han enfocado sus esfuerzos sobre las contingentes entidades físicas –libros, documentos de archivo, películas, sitios web, etc. El problema de tales entidades es que mutan de diferentes maneras, incluida la degradación de los materiales. Por contraste, los conceptos tienen mucha mayor estabilidad, sin que signifique ello que permanezcan inmutables a lo largo del tiempo. Algunas comunidades, como la bibliotecaria, se han esforzado por articular un análisis de conceptos que sea de aplicación a sus prácticas; sin embargo, este análisis se ha concretado en instrumentos tales como los ficheros de autoridades o los tesauros. No obstante, los conceptos son mucho más que términos de recuperación, son más bien entidades que ponen en contexto aquellas otras entidades contingentes, ayudando por tanto a anclarlas en el espacio y en el tiempo y de esta manera comprenderlas de mejor manera. La comunidad bibliotecaria, mediante documentos como los de la familia FRBR, FRAD y FRSAD, ha aplicado este cambio de perspectiva desde hace varios años; en la misma línea se desarrolló el modelo museológico CIDOC-CRM; y maestros de la archivística, como David Bearman o Chris Hurley, han pregonado la necesidad de dar la vuelta a la tortilla y trabajar sobre los conceptos, no sobre las entidades físicas. A intentar delinear este cambio de perspectiva nos aplicamos en el presente post.

Como indicamos más arriba, nuestras comunidades profesionales se han ocupado durante mucho tiempo de dilucidar y estructurar las propiedades físicas de las instancias concretas, los ejemplares, que pueblan las instituciones de la cultura, dejando para un segundo momento la articulación de reglas y procedimientos que expliciten los conceptos que circundan a esas instancias concretas. Básicamente, y por parafrasear a Umberto Eco, los profesionales de la información nos hemos preocupado más de la rosa que del nombre de la rosa, olvidando que “de la rosa sólo queda su nombre”. Esto es particularmente cierto en entornos digitales, donde nuestros objetos están destinados a no durar.

Además, esas instancias concretas, esos ejemplares, no se explican por sí mismos: tienen una historia, les han venido sucediendo cosas a lo largo del tiempo, y estas cosas, a menudo, no quedan inscritas sobre los ejemplares, sino que flotan por sus alrededores. El modo de comprender los objetos materiales no es contemplarlos, sino más bien estudiar sus relaciones con los conceptos que le rodean: los agentes que los crearon, en función de qué, quién los ha usado cuándo, por qué los usó, etc. Digamos, parafraseando esta vez al ya citado Chris Hurley, que “todo es un episodio en la vida de una relación”.

En efecto, si en lugar de empezar la casa por el tejado la comenzamos por los cimientos conceptuales, todo deviene posteriormente mucho más limpio, más sencillo de utilizar, más rico. RDF sería un ejemplo, no extremo por supuesto, de lo que venimos diciendo. Pongamos otro ejemplo más detallado. Si en lugar de decir que este libro se caracteriza por tener este título y que fue publicado en esta fecha por esta editorial, digamos que un título es un concepto dentro de un modelo conceptual para títulos; una fecha también lo es, dentro de ese mismo o de otro modelo conceptual para fechas; y otro tanto la editorial. De este modo, el libro se transformaría en un mero identificador que entra en relación con sus correspondientes conceptos “título”, “fecha” y “editorial” en momentos dados del tiempo. Puesto que tales conceptos son susceptibles de entrar en relación con otros libros u objetos, la red de relaciones conceptuales deviene prácticamente infinita.

Regresando a Umberto Eco, el concepto “El nombre de la rosa” se relacionaría con el identificador del ejemplar de nuestra biblioteca, y también con los identificadores de los ejemplares de otras bibliotecas; el concepto “1980”, su fecha de publicación, entraría también en relación con ese ejemplar, así como, por ejemplo, con documentos de archivo producidos en ese año; el concepto “Umberto Eco” estaría relacionado con el concepto “El nombre de la rosa”, pero también con el concepto “Seis paseos por los bosques narrativos”, que a su vez se relacionaría con miles de identificadores de ejemplares repartidos por todo el mundo, así como con el concepto “Universidad de Harvard”, que estaría relacionado con el identificador de un agente institucional dado.

A menudo afirmamos en nuestras conferencias que si los atributos pueden analizarse en términos bidireccionales, entonces son relaciones; si no pueden expresarse de manera bidireccional, entonces son metadatos. Bien, ¿y si lleváramos este análisis hasta el extremo y definiéramos todos los metadatos, es decir todos los conceptos, como relaciones? De este modo, el universo informativo se convertiría en un conglomerado de conceptos, relaciones e identificadores que harían nuestro trabajo mucho más simple, pero también más ordenado, más abstracto y desde luego más enriquecedor.

No nos centremos, por tanto, en la frágil fisicidad de los objetos, sino en sus permanentes, y sucesivos, significados. De este modo podrá decirse que realmente trabajamos en y para la web.

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