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viernes, 18 de noviembre de 2011

La era de las colecciones

En un reciente post en el blog de la Library of Congress, Leslie Johnston menciona, una vez más, el asunto de que la sobreabundancia y la generosidad con la que se están generando datos sobre la web, a partir de nodos muy descentralizados y con carácter muy diverso, obliga a repensar nuestro concepto de colección; obliga incluso a repensar si una de las finalidades del actual trabajo del profesional de la información es compilar colecciones, lo cual plantea en términos de “¿documentos o datos?”.


En el post, Johnston proporciona algunas interesantes pistas acerca del modo en que deberíamos abordar esta nueva realidad. En primer lugar, las colecciones digitales no se utilizan de la misma manera que las colecciones analógicas y no podemos saber cómo serán usadas nuestras colecciones digitales; en segundo lugar, quizá ha llegado el momento de profundizar en el concepto de datos y olvidar en alguna medida los de colección, contenidos o incluso documento; en tercer lugar, deberíamos abordar la cuestión del “Gran Dato”, es decir, de la dificultad de gestionar aquello que se genera en términos de terabytes; en cuarto lugar, los investigadores quieren utilizar estos datos de maneras que no resultan previsibles… Johnston sigue proporcionando argumentos, de los que no está ausente el temor profesional a la nube; pero los citados nos sirven como muestra para reflexionar acerca del modo en que tendríamos que gestionar nuestras colecciones, si es que aún tenemos que gestionarlas de algún modo.


Como hemos indicado, la idea acerca del fin de la era de las colecciones no es reciente: son muchos los autores que, de una u otra manera, la han venido expresando en los últimos años. En efecto, en la era en la que es posible recuperarlo prácticamente todo a través de Internet, el esfuerzo de colectar físicamente comienza a carecer de sentido. La alternativa que de manera más frecuente se ha propuesto es la noción de la biblioteca como intermediaria con esa enorme masa de información, seleccionando aquellos recursos que son de interés para su comunidad de usuarios y actuando en cierto modo como filtro. Esto por supuesto también es coleccionar, aunque las colecciones en este caso no son físicas.


Pero también esta noción se ha visto sacudida recientemente por los desarrollos en la Web 2.0 y 3.0, que ya realizan esa función, no sólo de colección de recursos digitales, sino también de interconexión y comunicación de los mismos para cualquier comunidad de usuarios. De la imagen de la biblioteca como intermediaria con Internet para una comunidad dada de usuarios, se ha pasado a una nueva noción de la biblioteca como centro comunitario para comunidades locales, y probablemente éste sea el nicho del que beberá en los próximos años.


Lo que llama la atención de la propuesta de Johnston son fundamentalmente dos de las ideas que lanza a debate. En primer lugar, el desplazamiento desde el concepto de documento, sea físico o digital, hacia el concepto de dato. En efecto, es en los datos que se están generando en la actualidad, en el uso de los mismos de maneras imprevisibles y por parte de comunidades también imprevisibles, donde Johnston descubre otro potencial nicho del que las bibliotecas deberían beber. Encontrar documentos sobre la red es relativamente sencillo y puede que el usuario no precise a la biblioteca como intermediaria. Encontrar datos, por ejemplo acerca de hábitos de uso sobre la red por parte de segmentos dados de población, ya no lo es tanto, y, según se deriva del post de Johnston, el especialista en información, el bibliotecario, podría resultar necesario en este sentido.


Desde luego, no resulta tarea sencilla y diríase necesaria una redefinición del currículum profesional. Conceptos como RDF, web semántica, minería de datos, sindicación de contenidos, o triplete, deben pasar a convertirse parte del vocabulario cotidiano del bibliotecario, sin dejar de atender a la biblioteca del presente, que aún parece gozar de buena salud.


La segunda idea que nos llama la atención es la del temor, o al menos el recelo, hacia la nube. Precisamente los profesionales de la información deberían sentirse especialmente atraídos por ese abismo de información que nos rodea, del que podemos extraer recursos hasta el infinito, y en el que sin duda nos inscribiremos todos a medio plazo.


No podemos asegurar que el temor que percibe Johnston sea real, en la medida en que muchos investigadores están analizando y celebrando el fenómeno desde diversas disciplinas; pero, de serlo, creemos que se hallaría estrechamente relacionado con la presunta pérdida de control implícita en el hecho de la innecesariedad de coleccionar. Es decir, mientras los ítems de información se encontraban bajo nuestro poder en un espacio físico bien definido, nos sentíamos seguros; pero desde el momento en que nuestro objeto de trabajo ya no está bajo nuestro control, sino que es más bien una red indeterminada de relaciones que se reactiva y cambia de forma cada vez que accedemos a ella, es fácil que el miedo nos domine.


En cualquier caso, y puesto que son muchas las opiniones entre paréntesis, o incluso en conflicto, es conveniente ser cauteloso con respecto a la percepción de Johnston.


Lo que sí parece cierto es que nuestro objeto de trabajo ya no será, en un plazo corto, el documento, sino el dato que le subyace, o que lleva una vida independiente, en relación con otros múltiples datos. Un reto fascinante que el bibliotecario no puede dejar de abordar.

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