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jueves, 22 de septiembre de 2011

Esto no es una pipa


René Magritte pintó varias versiones de su obra de 1928 La traición de las imágenes, en la que se puede contemplar una pipa y, bajo ella, la leyenda Ceci n’est pas une pipe (esto no es una pipa). Paulatinamente fue sofisticando esta idea y en Los dos misterios, pintada en los años sesenta, ya representó tres falsas pipas que multiplicaban la primera pintura de 1928. Magritte pintaba acerca de las varias trampas de la representación: la trampa de la distanciación entre las palabras y las cosas, la trampa de la distanciación entre las cosas y las ideas, la trampa de la sustitución de lo real por su reflejo, la trampa de la repetición ad infinitum del reflejo incluso cuando lo real ha desaparecido. Nos ha venido a la cabeza el complejo modelo de Magritte mientras hacíamos zapping en la televisión. En verano, muchas cadenas emiten una y otra vez episodios de temporadas anteriores, o especiales acerca de “lo mejor de”, y este juego informativo en el que se encuentran implicados tanto un movimiento compulsivo hacia la repetición como una inmersión en el reflejo y una relajada confianza en la falsa aproximación entre la realidad y su representación, nos ha hecho meditar acerca de la pipa de Magritte. En las siguientes líneas, por tanto, discutimos, en el marco del universo de la información, las cuatro trampas que Magritte revelara y con las durante tantos años se divirtió.

La trampa de la distanciación entre las palabras y las cosas, la trampa de la distanciación entre las cosas y las ideas: he aquí un fenómeno frecuente en el mundo de los documentos, un fenómeno que se ha estudiado con profusión, pero que el archivero sigue sin admitir. En efecto, los documentos contienen palabras que representan cosas, y se presume que es un principio de la archivística el que esta representación es, o debe ser, fiel. A esta propiedad se le ha llamado de varias maneras, siendo exactitud la más habitual. En términos de Joan M. Schwartz, se presume que los documentos, las palabras que contienen, son “reflejos fieles y precisos” de la realidad. Sin embargo, ésta es una de las falacias mejor consolidadas de nuestra disciplina. Las palabras no representan las cosas de manera exacta ni precisa, en primer lugar, porque es simplemente imposible dejar representación minuciosa de todas las cosas, muchas se quedan en el camino, y no de manera casual, sino culturalmente determinada: una sociedad decide, no sólo aquello que debe quedar reflejado, sino también, en segundo lugar, el modo en que debe quedar reflejado, de conformidad con una determinada ideología o conceptualización del mundo.

Recientemente, un colega se lamentaba porque en la organización donde trabajo había aparecido un expediente de valoración y expurgo procedente de los años veinte del siglo pasado, en el que se eliminaba valiosa documentación de los siglos XVI a XVIII relativa a población y economía. Pero no tenemos derecho a demonizar a quienes ejecutaron esa valoración. Simplemente, su conceptualización del mundo era diferente a la nuestra. Nosotros mismos, en nuestras organizaciones, no generamos todos los documentos que son necesarios para reflejar de manera precisa la realidad, las cosas, sino más bien aquellos que son necesarios para garantizar nuestros derechos organizativos, cultural e ideológicamente determinados, quedando al margen el resto de la realidad. Ni las palabras, ni las cosas de las que son reflejo, ni las ideas a las que dan forma concreta son equivalentes, ni en el mundo ni en el mundo de la gestión de documentos: la ilusión de la exactitud, de la precisión, no es sino una trampa ideológica.

La trampa de la sustitución de lo real por su reflejo, la trampa de la repetición ad infinitum del reflejo incluso cuando lo real ha desaparecido: una vez que los gestores de documentos han decidido cuál es la realidad y la han representado en sus documentos, entonces la realidad que no es pertinente desaparece; la realidad pertinente se puede consultar en su representación. Este fenómeno ya fue indicado por Eric Ketelaar, parafraseando a George Lucas: “Lo que no está en el archivo no existe”. Por supuesto, existe, pero no está reflejado en palabras, no se ha considerado conveniente. Por este medio, el reflejo deviene realidad y la realidad se escamotea: no ha sido validada por una firma y un sello oficial. Poco importa lo que no está en el archivo, en la medida en que no ha sido oficialmente validado. Lo que importa es precisamente este proceso de validación, también determinado ideológicamente, que define, por utilizar la expresión foucaultiana, lo que está dentro del orden del discurso y lo que no, de conformidad con ciertas reglas. La consecuencia está clara: perfectamente podemos prescindir de la realidad y quedarnos con su representación, que se re-presenta una y otra vez en un infinito y kafkiano juego de los espejos, del que la imagen primigenia desapareció hace mucho tiempo. Pensemos, por ejemplo, en la permanente solicitud de antecedentes en las burocracias contemporáneas: estos antecedentes son expedientes, reflejos culturalmente mediados, pero rara vez apelaciones a la realidad, dado que ésta se ha desvanecido en su representación.

El reflejo, la representación, nunca es fiel ni preciso, depende del espectador que contempla lo representado. Y no sólo esto: el reflejo, la representación, está investido de tal fuerza que se superpone a la realidad. Estos dos fenómenos se producen en todos los ámbitos, tanto da que hablemos de arte o de gestión de documentos. Magritte lo expresó de manera magistral en La condición humana: desde una ventana, alguien pinta en un lienzo el paisaje que se muestra a través de ella, pero el lienzo y el paisaje establecen un vínculo de continuidad, una fusión, que imposibilita marcar una diferencia. En tanto la archivística no asuma esta imposibilidad, se verá absorbida por los juegos de poder entre palabras, cosas e ideas; entre el reflejo y lo reflejado, que dejará herida de muerte su pretensión de neutralidad, de “tercera parte fiable”: los archiveros no somos inocentes, simplemente porque no podemos serlo. Como a cualquier otro ser humano, nos traicionan las imágenes.

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