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lunes, 11 de julio de 2011

La terminología archivística

Recientemente han aparecido en el panorama archivístico nacional dos nuevas obras, fruto del trabajo de investigación de varios años por parte de dos de nuestros líderes más incuestionables en la teoría archivística española.

Antonia Heredia Herrera ha publicado no hace muchos meses el libro Lenguaje y vocabulario archivísticos: algo más que un diccionario; y, apenas hace unos días, ha aparecido el Diccionario de Archivística de José Ramón Cruz Mundet. Ambas obras, si bien con orientaciones diferentes, tratan de fijar una terminología común y universal, necesaria para que una disciplina se convierta en ciencia, utilizable en nuestro trabajo cotidiano.

A pesar de que, como autor, practico de manera profusa una ciencia archivística basada en la sospecha y la diferencia, debo reconocer que se trata de dos obras magníficas que aportan al profesional unas herramientas clarísimas y prácticas para el mejor desempeño de su trabajo.

Puesto que he glosado ambos textos en otros lugares, no dedicaré a ellos el contenido de este post. Ni siquiera me aplicaré a esbozar el problema de las inevitables diferencias en la terminología de los archivos, puesto que también lo he hecho en otros lugares. Más bien, delinearé algunos de los motivos por los que, a mi juicio, la archivística ha padecido grandes dificultades para alcanzar el status de ciencia y, como consecuencia, algunos de los motivos por los que intentar fijar una terminología archivística universal ha sido con frecuencia empeño destinado al fracaso.

La ciencia de los archivos, al menos tal y como la conocemos en su forma contemporánea, es relativamente joven, y nació dependiente tanto de tensiones políticas, por ejemplo la Revolución Francesa, como de los conceptos de otras disciplinas con orientaciones diferentes, como la Diplomática o la Administración, que durante muchos años hipotecaron su desarrollo como ciencia, es decir, como un sistema de objetos, objetivos, métodos y principios, concebidos para proponer, verificar o falsar hipótesis y establecer modelos que expliquen de manera convincente, coherente, elegante y económica un determinado segmento del mundo, aportando de este modo nuevo conocimiento.

Un componente fundamental de este esquema de la ciencia es la terminología, el uso preciso y unívoco de un conjunto de expresiones que se pueden compartir en una comunidad dada de manera objetiva.

En realidad, todas las ciencias han experimentado problemas similares, si hemos de creer a Thomas Kuhn: a un período de práctica titubeante sigue un empeño por codificar esa práctica, hasta que se consigue un corpus científico que permite trabajar durante algún tiempo. En el caso de la archivística, el problema real para su conformación como ciencia reside, por una parte, en el hecho de que no ha dispuesto de los enormes plazos de tiempo de que sí han dispuesto ciencias como la Astronomía, la Física, la Química o la Medicina. Nació en un período de cambios impresionantes y éstos se han acelerado de modo aún más impresionante, como sabemos, hasta la actualidad, sin que seamos realmente conscientes acerca de en qué punto se detendrán o alcanzarán un equilibrio. Por tanto, la archivística ha tenido que atravesar las tres fases de constitución de toda ciencia en plazos inasumibles y rodeada de cambios.

Por otra parte, este desarrollo, quizá por haberse producido precisamente en ese largo período de cambio, no ha sido homogéneo, sino que más bien se ha ido generando en puntos distantes del espacio y en tradiciones diversas, alcanzando distintos niveles y llegando a conclusiones diferentes. Lo cierto es que, durante muchos años, se ha considerado esta peculiaridad como una deficiencia fundamental, como una “maldad” intrínseca a la archivística que impedía la consolidación de nuestra disciplina como ciencia. La solución pasó por un encorsetamiento positivista que excluyó todos los modelos que se alejaban del modelo oficial establecido por la secuencia Muller, Feith y Fruin; Jenkinson; Schellenberg, incluido cualquier atisbo de terminología divergente. Dicho modelo oficial estaba lleno de lagunas y deficiencias, como desde el mismo momento de su aparición quedó demostrado, pero no se tomaron en consideración las reconciliaciones ni las alternativas.

Esta solución, por supuesto, es cualquier cosa menos científica. Por utilizar el ejemplo clásico, durante la Edad Media (en realidad desde la antigua Grecia), una gran parte de la comunidad científica sabía que la astronomía ptolemaica no funcionaba, no explicaba correctamente el universo. Muchos científicos cristianos, musulmanes, judíos, dedicaron años a intentar descubrir un modelo mejor, y sus esfuerzos rindieron resultados diferentes. Pero de la combinación de todos estos esfuerzos, de sus errores y de sus aciertos parciales, nació la astronomía copernicana, que explicaba el universo de una manera más eficaz. Simplemente, Copérnico no se levantó una mañana y dijo “voy a ver si por casualidad la Tierra gira alrededor del Sol”. Copérnico fue el resultado de muchos siglos de investigación por parte de eruditos, frecuentemente anónimos.

Esta circunstancia, comúnmente aceptada por todas las comunidades científicas, ha sido rechazada hasta fecha reciente por la comunidad archivística, que no ha comprendido el hecho de que, para que una práctica, una disciplina, avance hacia el camino de la ciencia, el procedimiento correcto no es la articulación de un lecho de Procusto ab initio, sino más bien dejar hablar a todos, escuchar cualquier voz y explorar, no la forzada mismidad, sino la libre diferencia.

De la confrontación, del debate permanente, de las diferencias terminológicas, es de donde surge el conocimiento, como bien sabía Voltaire, que explícitamente rechazó la paralización de los saberes: “la ignorancia afirma o niega rotundamente, la ciencia duda”.

Los autores de los diccionarios que hemos mencionado al comienzo también lo saben, sin duda, y sus respectivas propuestas no parten del dogmatismo poco meditado, sino de un minucioso análisis de la diferencia que permite llegar a términos medios razonablemente aceptables por parte, si no de la comunidad archivística internacional, al menos de una amplia comunidad archivística que comparte intereses y necesidades, como lo es la de los archiveros en lengua española. Ambas obras facilitan el que esta comunidad avance en su práctica de manera sólida, al tiempo que se continúa con una discusión y con un debate que, afortunadamente, no habrá de tener fin.

Heredia Herrera, por una parte, se enfoca sobre los conceptos bien utilizados en la archivística nacional, aunque frecuentemente de manera confusa, y les proporciona unicidad. Digamos que la aproximación de la autora es interna a la archivística. Cruz Mundet, por el contrario se enfoca sobre la interdisciplinariedad de los saberes y añade términos que los archiveros usamos de manera cada vez más habitual, aunque no formen parte en sentido estricto de nuestra disciplina.

Pero, más allá de estas dos aproximaciones aparentemente no coincidentes, ambos autores utilizan la metodología de la ciencia para llegar a sus respectivas conclusiones: un cuidadoso trabajo de campo, de revisión de la literatura para recoger datos, analizarlos, eliminar ruidos y redundancias, con el objeto de proponer dos hipótesis de trabajo, en forma de diccionario, que, como dije, no sólo han de ser útiles al archivero, sino que fomentarán el debate entre la profesión.

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