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miércoles, 4 de mayo de 2011

Todos los nombres

Uno de los mejores tratados de archivística que se han escrito, y no es una boutade, es la obra maestra de José Saramago Todos los nombres, en la que de manera extremadamente breve codifica el modo en que se estructuran, de conformidad con las “leyes de la naturaleza”, los archivos y ficheros: el área de los archivos y ficheros de los vivos y el área de los archivos y ficheros de los muertos. Puesto que no deja de haber vivos y no deja de haber muertos, tales archivos precisan de una permanente expansión y reorganización.

Elisabeth Kaplan, con la elegancia intelectual que es marca de todos sus escritos, ya hacía notar, además, en su revisión de Saramago, que el archivo, más bien la oficina de registro (¿existen diferencias entre ambos?), donde trabaja José, es un espacio imponente que desempeña la doble función de controlar todos los nombres y sus actos, y de recordar todos los nombres y sus actos. Es decir, Saramago ironiza acerca de un lugar en el que todo se registra acerca de todos, todo se controla acerca de todos, todo se recuerda acerca de todos. Podríamos decir, como tantas veces se ha mencionado con sarcasmo en la literatura archivística, que en la novela de Saramago, el que no está en el archivo no existe.

Ahora bien, ¿podemos seguir aseverando esto los profesionales de la archivística que, en un siglo veintiuno híper-distribuido, globalizado e intelectualmente dependiente de la hermenéutica, la interpretación y la postmodernidad, hemos sido destituidos, como también con frecuencia se ha hecho notar, del poder sobre el archivo? Por supuesto, puede que el que no está en el archivo exista, y que haya sido documentado de otra manera, por ejemplo, en las memorias privadas o colectivas, en un ritual, en un retrato, en una conversación a través de un chat. Si existen otras maneras de documentar, existen otros documentos, y si existen otros documentos, existen otros archivos, que no son aquel que aloja todos los nombres y con los que éste, por tanto, debe hablar en condiciones de igualdad.

Dos ejemplos contemporáneos ayudan a comprender que este modo de destitución no es en modo alguno deshonroso, sino muy al contrario enriquecedor. En primer lugar, la globalización ha venido a revelar que la manera eurocéntrica de documentar, originariamente basada en la propiedad de la tierra, no es universal, y que otras sociedades, otras culturas, otras comunidades, documentan sus derechos y obligaciones y organizan su memoria de múltiples maneras: las investigaciones acerca de las culturas aborígenes en Australia, en Canadá, en México o en África sugieren que desde la tradición oral hasta la cinética de los festejos rituales conforman piezas de evidencia tan válidas como el documento burocrático occidental. De hecho, en Canadá esa tradición oral es admisible ante un tribunal con los mismos valores que los documentos generados por la administración. Simplemente, tales sociedades, culturas o comunidades han configurado un régimen de gestión de documentos que no es el nuestro.

En segundo lugar, las llamadas tecnologías de la información y de las comunicaciones, como hemos hecho notar en otras ocasiones, han provocado una inimaginable descentralización de los nodos en los que se genera información, así como una capacidad de interacción entre tales nodos no conocida con anterioridad. Así, cada individuo es susceptible de contar con su propio archivo en Internet y de hacerlo interactuar de múltiples maneras con los archivos de otros individuos o grupos. Digamos que, en este contexto, cada uno de tales archiveros, así como cada uno de los archiveros tradicionales, pierde cierto grado de control sobre los documentos, pero, como contrapartida, estos documentos enriquecen su significado, o adoptan un significado nuevo, cada vez que se reactivan en otro lugar. No sólo esto: dado el actual grado de desarrollo de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, y dado que previsiblemente este desarrollo no se va a detener, no sería descabellado argumentar que, en un cierto momento no determinado del futuro próximo, Internet no sólo será el archivo, sino también el archivero.

De la combinación de ambos ejemplos se sigue el hecho de que, esta vez sí, después de todo es posible registrar, controlar, archivar todos los nombres, de múltiples e imprevisibles maneras.

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