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viernes, 27 de mayo de 2011

La mala prensa

Tal y como han hecho notar autores como Tom Nesmith o Eric Ketelaar, los archiveros tienen poder sobre los documentos, pero les gusta ocultarse, o mostrarse de manera humilde, monástica, como desposeídos de cualquier tipo de poder. Esta posición ha generado una obsesión por conservar el carácter endógeno, arcano, de la profesión, que no resulta nada beneficiosa para la misma: sacerdotes del templo de los documentos, precisamente en un momento en el que ni los sacerdotes ni los templos se encuentran en alza.

Otras profesiones –los médicos, los policías, los profesores- han sabido utilizar los puntos fuertes y débiles de su praxis para promocionarse y lograr un alto grado de visibilidad, por ejemplo a través de series de televisión. También han sabido utilizar este medio colectivos como la gente ordinaria o la empresa privada, con programas que permanecen temporadas y temporadas. Lo curioso es que, en cualquiera de estas series de televisión –House, Hospital Central, C.S.I., Anatomía de Grey, El internado, Camera Café, Bones, Los misterios de Laura-, un archivero debería figurar como una de los principales protagonistas, básicamente porque en todas ellas aparecen documentos de algún tipo, que se crean, se gestionan, se utilizan. Sin embargo, no figura en ninguna de ellas.

Antes al contrario, la imagen, por lo demás escasa, del archivero en el soporte audiovisual es casi siempre secundaria y negativa. Pensemos en El informe Pelícano, Chinatown o Erin Brockovich. En otros casos, por ejemplo, El nombre de la rosa o En el nombre del padre, el archivero tiene poder y lo utiliza, pero al servicio del mal. Son escasas las películas que, como L’affaire Jaubert o La isla, muestran de manera explícita y sin caer en tópicos, el trabajo aproximadamente real del archivero.

En el presente post, a modo de divertimento, pero también a modo de crítica acerca de nuestro voluntario oscurantismo profesional, querríamos especular sobre algunas de las líneas argumentales que una serie de televisión dedicada a los archiveros podría explotar, con el objetivo de mostrar que somos interesantes para los demás, no sólo para nosotros mismos;así como de mostrar que nuestra imagen, nuestra estrategia, digamos de marketing, debería ser modificada de manera radical. Por supuesto, es posible argumentar que, en realidad, no necesitamos ninguna estrategia de marketing, que nuestro trabajo es seguro, porque siempre habrá que conservar documentos. Sin embargo, si observamos con detalle el actual y voluble escenario digital donde se desenvuelve nuestra profesión, así como la aparición de nuevos actores con nuevas herramientas para gestionar ese voluble escenario, quizá halláramos algunos motivos para sentirnos inquietos.

Veamos, por tanto, algunas de esas potenciales líneas argumentales mencionadas. En primer lugar, uno de los principales objetos de trabajo del archivero es la memoria, y la memoria interesa.
Piénsese en el éxito de la novela histórica, o de la novela histórica combinada con misterios policiacos, con cierto misticismo, con aventuras amorosas o con reivindicaciones sociales. En la mayoría de nuestros archivos se esconden crímenes, experiencias religiosas, historias de amor o crónica de las sociedades de cada momento. No obstante, no somos capaces de explotar nada de esto para, por ejemplo, esbozar el relato de la investigación acerca de un asesinato cometido en el pasado, o de la recuperación por parte de un hijo del paradero de su padre desaparecido tras la Guerra Civil.

En segundo lugar, otro de los objetos fundamentales de trabajo para nuestra profesión es la responsabilidad, y nuestros archivos están repletos de evidencias acerca de la responsabilidad o falta de responsabilidad de los poderes. En un momento en el que esta falta de responsabilidad ha alcanzado límites preocupantes en extremo, hasta el punto de que se ha creado una serie de televisión dedicada a la corrupción política y en casi todos los programas se hacen chistes sobre ella, ¿por qué no deberíamos aparecer nosotros, conservadores de esa responsabilidad, en el primer frente, para mostrar cómo se consigue y cómo se pierde?

Por último, los archivos no se gestionan por sí mismos, en ellos trabajan personas, con las mismas grandezas, miserias, problemas, relaciones, alegrías, tensiones, que pueden tener los médicos, los policías, los profesores, los alumnos… Las series de televisión de más éxito no se sostienen sólo sobre la exhibición de las destrezas profesionales de sus protagonistas, sino particularmente sobre la exhibición de estas destrezas por parte de seres humanos, con virtudes y defectos. ¿Sería demasiado malo para la profesión mostrar a archiveros que se quieren, se odian, se ayudan o se ponen la zancadilla? Somos de la opinión de que, no sólo no sería malo, sino extremadamente beneficioso para nuestra propia imagen.

En definitiva, imaginemos por un momento que se produce una serie de televisión en la que archiveros “buenos”, “malos” y “regulares”, ayudan a resolver misterios del pasado, al tiempo que se ven implicados en tramas actuales de responsabilidad social, y que todo esto sucede en el centro de relaciones personales, con toda su complejidad. Pongamos todas las anécdotas que conocemos en manos de guionistas y de directores profesionales ¿Por qué habría de resultar menos interesante que Los hombres de Paco?

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