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lunes, 16 de mayo de 2011

Entre la teoría y la práctica


En su reciente obra Theme Song Revisited (After Acconci), la brillante artista digital Annie Abrahams se presenta a sí misma en el siguiente poema, apresuradamente traducido:

No soy una intérprete, uso la interpretación para investigar.
No soy una investigadora, uso la investigación en mis piezas de interpretación.
Soy una intérprete que usa la investigación como un medio.
Soy una intérprete que investiga encuentros.

Ciertamente, Annie ha dedicado una parte muy sustancial de su trabajo a la investigación y la representación de procesos de comunicación, de encuentros, cada vez más impersonales y mediados por la máquina. Sin embargo, no es éste el asunto que nos interesa destacar en el presente post, sino más bien el reconocimiento por parte de la artista de su condición simultánea de intérprete e investigadora, como medio para que la teoría y la práctica se enriquezcan de manera mutua.

Y nos interesa porque tenemos la sensación de que en nuestro país se está reproduciendo un debate implícito, que ya tuvo lugar explícitamente hace unos años en la comunidad archivística de Estados Unidos y Canadá. Dicho debate, en sus extremos más radicales, vendría a afirmar, por una parte, que nuestra profesión es básicamente de carácter práctico y nuestro trabajo consiste en ejecutar procesos, sin que resulte necesaria una reflexión teórica subyacente. Por la parte contraria, la afirmación sería exactamente opuesta: no podemos desempeñar nuestro trabajo si antes no hemos investigado acerca de él, con el objeto de sentar unas bases teóricas y metodológicas que lo transformen en ciencia.

Decíamos que este debate parece estar trasladándose al escenario nacional, precisamente por los motivos por los que en su momento se produjo en las comunidades archivísticas mencionadas: nuestra propia comunidad parece haberse enquistado en la rutinización de unas prácticas que ya se han demostrado suficientemente ineficaces y la investigación no existe, o, en sentido estricto, la investigación repite clichés que se vienen afirmando desde hace años. Por tanto, queremos dedicar el presente post a explorar la necesidad de una investigación renovada, que pueda aplicarse a una práctica que precisa también de un alto grado de renovación.

El motivo es muy simple: nuevas realidades necesitan nuevas respuestas, y en un mundo que ha sufrido un cambio radical en la última década, no sólo en términos tecnológicos, sino también sociales y culturales, la gestión de documentos tiene que repensarse, para proporcionar esas nuevas respuestas que satisfagan las necesidades de esa nueva realidad en que nos desenvolvemos.

En lo que concierne al debate original, autores adscritos al pensamiento científico positivista, como Eastwood o Duranti, argumentaron a favor de una ciencia archivística universal, argumento que fue respondido en dos sentidos. En primer lugar, Mortensen, en excelente artículo publicado en Archivaria bajo el título “The Place of Theory in Archival Practice”, criticaba la noción positivista de ciencia y negaba la existencia de los universales archivísticos. La conclusión, en aquel contexto, fue la negación de la archivística como ciencia y la apelación a una archivística postmoderna orientada por similares corrientes en la filosofía de la ciencia y la historia. En segundo lugar, Roberts, en el artículo “Archival Theory: Myth or Banality?”, publicado en The American Archivist, ya había argumentado anteriormente de manera más simple, si bien ordenada, que la teoría simplemente era innecesaria para ejecutar el trabajo cotidiano y que incluso contribuía a complicar este trabajo.

Incluso aunque todas estas contribuciones han sido extremadamente útiles en el desarrollo del pensamiento archivístico, cabe la posibilidad de que todos estos autores se equivocaran en algún punto, motivo por el que la archivística haya sufrido un largo proceso antes de ser “autorizada” como ciencia. Desde luego, la noción positivista de ciencia ya estaba siendo desmontada por otras disciplinas –la filosofía de la ciencia, la lógica, la historia e incluso las propias comunidades científicas- desde comienzos del siglo XX, desde distintas perspectivas. La ciencia, en las versiones deconstructivas más débiles, no puede obtener verdades, sino tan sólo hipótesis que aún no se han demostrado falsas; en las versiones deconstructivas más radicales, la ciencia no puede obtener verdades, sino interpretaciones, significados. El hecho de que algunos autores decidieran subirse al carro del positivismo científico cuando las propias ciencias ya no creían en él puso en un serio compromiso el desarrollo de la archivística como ciencia.

Sin embargo, en la posición de Mortensen también existe, a nuestro juicio, una equivocación: del hecho de que a la archivística no se le pueda aplicar el paradigma positivista de ciencia no se deriva necesariamente el hecho de que no se le pueda aplicar alguno de los distintos modelos que, digamos aproximadamente desde 1927, se han venido proponiendo como alternativos. Para determinar si una disciplina es ciencia debe utilizarse un modelo, un tipo, una plantilla, una definición de ciencia con unos determinados criterios o unas cotas contra las que contrastar esa disciplina. Si la disciplina supera este escrutinio, entonces adquiere el rango de ciencia “en el marco de ese modelo dado y nunca de manera universal”.

Casualmente, mientras se escribe este post, aparece en la lista de correo Arxiforum un interesante mensaje en el que se propone el modelo de Mario Bunge para llevar a cabo tal contraste, pero a lo largo del siglo XX se han elaborado otros modelos, desde el falsacionismo fuerte de Popper al débil de Lakatos, pasando por las críticas lingüísticas a la Escuela de Viena, las propias críticas lógicas realizadas por la Escuela de Viena sobre otras disciplinas como el derecho, o incluso el anárquico saltarse las reglas del juego de Feyerabend o la comprensión del discurso en las circunstancias de su ocurrencia de Foucault, erróneamente tildado de positivista.

El argumento más difícil de desmontar, precisamente por su simplicidad, es el de Roberts. El autor simplemente asevera que la teoría es un engorro para la práctica archivística, un entretenimiento para diletantes, de tal modo que es mejor no pensar en las bases que subyacen a la práctica, si es que existen. Por supuesto, si, por ejemplo, la medicina hubiera actuado de esta manera hoy en día aún se estarían utilizando sanguijuelas para realizar sangrías; si la astronomía lo hubiera hecho, aún seríamos dependientes del paradigma ptolemaico; si las matemáticas hubieran procedido bajo tal argumento, el cero aún sería un problema y no existirían los transfinitos cantorianos.

Esto no equivale a decir que las ciencias siempre progresan hacia mejor. De afirmar tal cosa, estaríamos cayendo de nuevo en el paradigma del positivismo científico. Más bien equivale a asegurar que las ciencias se han repensado en cada espacio y en cada tiempo, tanto de acuerdo con las necesidades de ese espacio y ese tiempo, como de acuerdo con las propias posibilidades y limitaciones en tal punto. Esta aseveración estaría cercana al pensamiento científico postmoderno, un pensamiento que no niega la ciencia, aunque no deja de ponerla bajo sospecha, sobre la base de su carácter contingente.

Es en este sentido en el que creemos que la archivística debe pensarse como ciencia. Contrastada con algunos de los modelos anteriormente citados, indudablemente superaría cotas como, por ejemplo, las propuestas por Mario Bunge. A partir de ahí, deberíamos alejarnos de nuestro tradicional positivismo y comenzar a teorizar en términos de una permanente auto-crítica que condujera a una redefinición de nuestros métodos y prácticas. Otras tradiciones profesionales más inquietas, más respetuosas con ellas mismas, ya han realizado el experimento y sus resultados se han mostrado exitosos.

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