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lunes, 25 de abril de 2011

Sobre la ligereza


En 1985, muy poco antes de su muerte, el autor italiano Italo Calvino, preparó para las Norton Lectures de la Universidad de Harvard, su célebre ciclo de conferencias Seis propuestas para el próximo milenio, en las que repensaba la lectura para hacerla compatible con una sociedad diferente a la sociedad que había leído hasta entonces.

Las seis propiedades que Calvino pedía de la nueva escritura, de la nueva lectura, eran la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad, la multiplicidad y una misteriosa consistencia que no tuvo tiempo de concretar.

Algunos años más tarde, en 1992, el también italiano Umberto Eco fue invitado de las Norton Lectures, y el resultado fue su no menos célebre ciclo Seis paseos por los bosques narrativos. En la profunda disección que el autor realiza de las relaciones entre el lector y el autor, destaca la referencia a la demora que viene implícita en el proceso de lectura, al esfuerzo que se le pide al lector para interactuar con el libro, para descubrir sus trucos y sus trampas.

Por supuesto, ambos textos magistrales indagan con mucha mayor minucia de lo que hemos explicado en los mecanismos de escritura y de lectura, pero, a efectos del presente post, las pinceladas que se mencionan resultan suficientes.

La pregunta es si, aproximadamente veinticinco años después de las propuestas de Calvino, y casi veinte de las de Umberto Eco, nuestros autores acertaron en sus previsiones.

Nuestra sugerencia es que, en cierto modo, acertaron, y a explicar esta opinión nos aplicamos en las siguientes líneas.

Por supuesto, dado que no somos críticos literarios, no nos enfocaremos sobre la literatura que se genera en la actualidad; imaginamos que se escriben y se publican libros buenos y malos, libros que cumplen los requisitos establecidos por Italo Calvino y por Umberto Eco y otros que no los cumplen. Sin embargo, esto no le concierne al presente post. De hecho, se podría argumentar de manera concebible que ni Calvino ni Eco estarían satisfechos con nuestra interpretación de sus textos fundamentales.

No podremos conocer nunca más la opinión del primero de ellos, pero el segundo publicó recientemente, en colaboración con el guionista de Buñuel Jean-Claude Carrière, el nada desdeñable ensayo Nadie acabará con los libros, en el que ambos exploran con lucidez el presente y el futuro del libro, algo que tampoco le concierne al presente post. Más bien, pretendemos dilucidar la posibilidad de que los requisitos expuestos más arriba se estén cumpliendo ya en un modo no previsto y a menudo minusvalorado e incluso despreciado por ciertos sectores intelectuales.

Nos referimos a las herramientas utilizadas por los nativos digitales para
intercambiar información e interactuar unos con otros
, herramientas como
Facebook, Twitter, YouTube, Tuenti, una Wii, un iPhone, un iPod, o el práctico pero cada vez más obsoleto envío de SMSs de ortografía ilegible.
Todos ellos son leves y rápidos –vivimos instalados en una cultura de la fugacidad y la prisa, como indicara en su día Michael Ignatieff, y la levedad y la rapidez son sus propiedades inherentes, simplemente porque no podemos permitirnos el lujo de no ser leves y rápidos en nuestras conductas sociales; todos ellos son exactos, no pueden no serlo, dada la brevedad de su contenido: tienen que ir al grano, evitar las ambigüedades que se hacen pesadas, hacen perder el tiempo para poder interpretarlas; por supuesto, nadie lo duda, son extremadamente visibles, cualquier buscador encuentra en primer lugar un perfil de Facebook, aunque no sea
eso lo que se vaya buscando; y extremadamente multiplicables: se reutilizan en otros contextos, se copian, se re-envían, se almacenan en copias de seguridad redundantes, se multiplican hasta el infinito; aunque puede que no lo parezca de manera inmediata, en un universo de información, tal y como hemos argumentado en otras ocasiones, auto-regulado, son por último consistentes: están organizados y son
coherentes; pero esa organización y esa coherencia no son lineales y estables, sino que vienen dadas más bien por las reglas de cada usuario en espaciotiempos dados y en interacción con las reglas de la información. Diríamos que en tal universo la consistencia viene dada a la carta.

No obstante, queda un requisito, la demora, el esfuerzo de interacción entre el lector y lo leído, propuesto por Umberto Eco, que parece no poder cumplirse, dadas las condiciones de fugacidad y prisa de nuestras contemporáneas culturas, mencionadas más arriba.

Somos de la opinión de que este requisito también se cumple, aunque “el ritmo de demora” de cada sociedad, de cada cultura, de cada texto, de cada lector, es diferente. Si tomamos el ejemplo de grandes obras maestras de las que podemos pensar que se leen “del tirón” –digamos Rojo y negro, Crimen y castigo, El Gatopardo-, el ritmo de demora es mucho menor, la interacción entre el lector y lo leído es mucho más ágil que el de otras obras maestras que conscientemente exigen un lento ritmo de demora –digamos Ulises, Manhattan Transfer, Rayuela. Los ritmos de demora siempre han sido diferentes, y esto también es cierto en los actuales entornos digitales. Un usuario de Twitter o de Facebook tiene que tomarse su tiempo antes de decidir de
quién quiere ser amigo, qué noticias, de entre las publicadas en un muro, son de su interés, a cuáles de ellas quiere dar su voto favorable. Del hecho de que estos tiempos sean más breves que los exigidos para interactuar, digamos, con las reflexiones de Molly Malone, no significa que no exista un ritmo de demora, significa que los actuales ritmos de demora son diferentes.

En definitiva, en ciertos círculos intelectuales se suele criticar estas modernas herramientas de escritura y de lectura a partir de argumentos tales como la trivialización de los saberes o la regresión de los nativos digitales hacia momentos más groseros o más rústicos de nuestra cultura, y olvidando, por ejemplo, que el premio Nobel Gabriel García Márquez ya propuso una simplificación de la gramática y la ortografía del castellano; o que en esos momentos presuntamente más brillantes y profundos de nuestra cultura las niñas coleccionaban cromos de la muñeca “Mariquita Matamoros” en los que se exhibía a una niña occidental que degollaba a niños musulmanes.

No somos de la opinión de que se estén trivializando los saberes ni de que los nativos digitales sean culturalmente regresivos o tengan menos capacidad de conocer. Por supuesto, no somos de la opinión de que, si esta hipótesis de trabajo es cierta, el culpable exclusivo sean las modernas tecnologías de la información y de las comunicaciones (pensemos en el actual modelo educativo occidental o en los actuales programas infantiles y juveniles de televisión). Creemos más bien que los nativos digitales escriben, leen, interactúan, se demoran, conocen, de una manera diferente,
algo que, por lo demás, no tiene nada de original y ha sucedido a lo largo de toda la historia y entre diferentes culturas. Negarlo no contribuye a que nuestra cultura se enriquezca con nuevos significados y nuevos comportamientos. Hace no más de dos años tuvimos la desafortunada experiencia de participar en una mesa redonda acerca de los jóvenes y la lectura. Todos los ponentes, excepto el que redacta este texto, eran partidarios de promover la gran cultura y demonizar la cultura de la trivialización y la regresión. En las conclusiones de la mesa redonda se declaró que Internet aún no era una tecnología estable. Pocas veces hemos asistido con tanta impotencia a un error de tamaño calado.

En tanto especialistas en información y conocimiento, no es nuestra función bendecir ni demonizar el modo en que se escribe, se lee, se distribuye información y conocimiento en un momento dado. Es nuestra función el intentar comprender y explicar estos modos de escritura, de lectura, de distribución, tal y como se muestran en el contexto de su ocurrencia. Si Michel Foucault ya comprendió esta aserción en los años sesenta del siglo veinte, nosotros no podemos dejar de asumirla en un siglo veintiuno bien avanzado.

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