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domingo, 3 de abril de 2011

La biblioteca como escondite

Como se sabe, a pesar de que la mayor parte de sus amigos y colegas ya se habían exiliado, Walter Benjamin permaneció en París casi hasta el último minuto, con la intención de finalizar su magna Obra de los pasajes. Cuando las tropas alemanas se encontraban prácticamente a las puertas de la ciudad, Walter Benjamin se decidió por fin a escapar. Tomó el texto inacabado y lo llevó a la Biblioteca Nacional, donde Georges Bataille trabajaba en la Sección de Manuscritos. Benjamin pidió a Bataille que escondiera la Obra de los pasajes, y éste la ocultó detrás de algunos antiguos mamotretos. Después, Benjamin huyó en coche, en dirección a la frontera con España. Como es bien sabido, allí una patrulla alemana le dio el alto, y Benjamin prefirió envenenarse antes de ser capturado. Su maleta, junto a la de otros refugiados que también fracasaron en su intento de escapar, fue a parar a la policía de Portbou, en cuyo puesto permaneció ignorada muchos años.Hidden worldphoto © 2010 xineann | more info (via: Wylio)

Una vez terminada la guerra, y restituida la imagen de Walter Benjamin al lugar que le corresponde en el pensamiento occidental, fueron muchos los que creyeron que, en su huida, había llevado con él el manuscrito de su obra magna, y que éste se encontraba dentro de una maleta en Portbou. Sin embargo, no era posible acceder a este texto fundamental de la filosofía del siglo XX, porque el régimen franquista no permitía el acceso a esos bienes incautados. Después de muchos movimientos político-diplomáticos, tal acceso fue concedido, y los seguidores de Benjamin pudieron abrir la maleta, en la que no encontraron la Obra de los pasajes. De este modo, se la dio por perdida. No obstante, puesto que estas noticias tuvieron una cierta repercusión en el mundo intelectual, llegaron sorprendentemente también a oídos de Georges Bataille, quien recordó que, hacía muchos años, alguien llamado Walter Benjamin le había pedido que escondiera un manuscrito para salvarlo de la destrucción nazi. Bataille rebuscó detrás de los mamotretos que gestionaba y, he aquí, la humanidad ha podido disfrutar desde entonces de la Obra de los pasajes.

Hasta aquí el relato acerca del final de Walter Benjamin. Podríamos destrozar su romanticismo, argumentando que lo que necesitan las bibliotecas son dispositivos RFID para localizar materiales perdidos y realizar inventarios, o bibliotecarios que se ocupen de poner a la vista de manera frecuente materiales poco visibles, o que se cataloguen adecuadamente los materiales para que resulte fácil descubrirlos. También podríamos recurrir a la mística de la revelación; después de todo, tanto Benjamin como Bataille la practicaron con profusión y heterodoxia. Sin embargo, preferimos quedarnos con una imagen que, creemos, a nuestros autores les hubiera gustado: la de la biblioteca como escondite, no sólo como refugio de textos en peligro, sino como espacio para el escamoteo, para el recorrido aleatorio en busca de significados siempre también aleatorios, de los que ni siquiera sabemos que están allí, que quizá vienen ya con nosotros. En la biblioteca, los significados no se revelan: están muchas veces a la vista de todos; pero permanecen a la espera de que un lector decida que ése y no otro es el significado que le pertenece. Los buscadores de la Obra de los pasajes jamás hubieran podido encontrarla, ni en Portbou ni en ningún otro lugar, simplemente porque no estaba en el orden de sus significados "el desprenderse de", sino "el traer con". En ese sentido, sin duda, el manuscrito quedó en las mejores manos posibles cuando vino a ser custodiado de tan irregular manera por el irregular Georges Bataille.

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